Como es inevitable al final del calendario, y este año con permiso de los Mayas y los apocalípticos, ha vuelto a nuestras vidas la Navidad.
De todo se ha escrito sobre este fenómeno sociológico, momento litúrgico, fiesta del consumismo, abanico de sentimientos, invento de grandes almacenes... pero esto es como la feria, que cada uno la cuenta según le va.
Con la crisis que acarreamos, el paro, el desánimo y demás compañeros mártires, quedan pocas ganas de celebraciones y parafernalia, pero reivindico el momento: La Navidad ha de ser.
Creo que el problema que tenemos con la Navidad no está en lo que es en sí, sino en que entendemos mal el concepto: Objetivamente, la Navidad (natividad) festeja para los cristianos el nacimiento de Cristo en Belén de Judá (con buey o sin buey, con la Iglesia hemos topado amigo Sancho...). Para un cristiano creyente, es motivo suficiente de celebración, como para cada uno su cumpleaños, y allá cada cual en lo que crea o deje de creer... El problema empieza cuando entra en juego la Cocacola, el Almendro, la Lotería y El Corte Inglés. Y entonces la Navidad se convierte en un deber: Tengo que adornar la casa (qué pereza!), tengo que reunirme con la familia (Oh nooo!), tengo que comer turrón y engordar tres kilos (que luego habrá que quitarse), tengo que jugarme lo que no tengo a la lotería (porque y si toca?), tengo que dejarme un mes de sueldo en regalos... Y entonces todo pierde su sentido y pasamos de la devoción a la obligación y se j...fastidió el invento.
Eso por no hablar de los agoreros y pesimistas haciendo balance del año que acaba y haciendo predicciones para el nuevo que llega. Con estos ingredientes, normal que se nos queme la Navidad (y el pavo si te descuidas).
Pero hay otra Navidad, que es la que yo defiendo y procuro vivir año tras año: la de reunirse con la familia porque a tu madre le hace ilusión, la de comprar los regalos en las tiendas de artesanía o el comercio justo, la de comer turrón porque te gusta y que le den a los kilos, la de comprar un décimo entre cuatro y que nos caiga un dinerillo a todos, la de reunirse con los amigos a los que solo ves en Navidad a tomar unas cervezas y ponerte al día de sus vidas, enviar y recibir felicitaciones escritas de puño y letra, cerrar el año con ilusión y empezarlo con expectativas... Es difícil, pero posible. Eso hace que mi Navidad aún siga siendo esos días de niebla y gente en la calle, vacaciones para disfrutar con los sobrinos, días bonitos de compartir en la cocina, a pesar de los seres queridos que faltan (a los que recuerdas con cariño, y no con tristeza), de pensar en los demás, de rematar un año que quizá no haya sido el mejor, pero pensándolo bien, quizá tampoco el peor... Todo depende del color del cristal con que se mira. Y si no te gusta la Navidad, pasa de ella, pero respeta a los que la disfrutamos. La Navidad no es un invento de La Estepeña, es un estado mental, una actitud ante la vida, y aunque sea un típico tópico, es NECESARIO que dure todo el año y salga del corazón.
Feliz Navidad a todos.

