18 abril 2013

Verde Dorado

La primavera trompetera ya llegó y  se ha apoderado de mí sin compasión y por sorpresa, un auténtico asalto con toda la premeditación y alevosía de que es capaz una estación. Y es que mientras todo el mundo desea que el buen tiempo, el sol y las flores inunden sus vidas, yo para empezar, me agarro un catarrazo. Después sigo con sequedad de ojos, fotofobia por exceso de luz, manchas en la cara por acción del sol, dolor de estómago y desajustes de sueño originados principalmente por esa costumbre generalizada de cambiar la hora para ahorrar energía... y no sigo por no parecer el Rigor de las Desdichas
Si esto fuera Juego de Tronos, yo sería Arya Stark, una hija del Invierno. Mientras tenga el cuello abrigado soy capaz de resistir nevadas pirenaicas, pedriscos repentinos, lluvias torrenciales y vientos huracanados sin cogerme ni un resfriado, y sin usar ni una triste camisetilla interior... pero el buen tiempo nunca me sentó bien, incluso diría que en ocasiones hasta me es hostil. 

Sin embargo como todo en esta vida depende de la actitud, y ya llevo encima unas cuantas primaveras (nunca mejor dicho) procuro prepararme mentalmente para lo que irremediablemente cada año me sobreviene y disfrutar en la medida de lo posible de lo que el aumento de temperatura, luz y naturaleza trae consigo: Doble ración de antiácidos, protección solar desde las ocho de la mañana, gafas de sol... y marchando!. 

Pensándolo bien, es un gustazo pasear por el caminito del cementerio estos días de abril, después de casi dos meses sin ver asomar el sol. Flores, hojas, brotes, pájaros... incluso los molestos insectos se ven contentos de volver a sus rutinas después del parón invernal. Las siembras se levantan a los lados del camino con fuerza, sabiendo que lo peor ya ha pasado y se dejan contemplar hasta donde alcanza la vista  con su suave baile de aire, luciendo orgullosas su traje verde dorado... El ciclo de la vida, queramos o no.

¡Ayy la primavera! Ese momento en el que tu armario parece la sección de oportunidades de El Corte Inglés, abrigos y bermudas en la misma balda. Cuando los parques se llenan de niños gritones, madres cotorras y padres en bici. Cuando salen a pasear los cuerpos Danone y se esconden los muñecos Michelín, cuando te apetece limpiar la terraza y vas al vivero con la ilusión de una tarde de rebajas. Cuando la cerveza comienza a  saberte a verano, y todo es posible y nada es eterno...      
Y a pesar de que me canso hasta límites insospechados de ver rondar por la nevera el pavo y el queso de Burgos como pregoneros de la fatídica operación Bikini, he de reconocerlo: me encanta la primavera! 



No hay comentarios: